REFLEXIÓN, 3 CONCEPTOS DE OMAR RINCÓN
El Entretenimiento Popular es el concepto
en el que Omar Rincón instaura lo que supone es una televisión de calidad, para
él éste es el tipo de entretenimiento que contiene las estéticas de lo que la
gente considera válido para pasar el tiempo libre, es decir aquello con lo que
se sienten identificados y que les proporciona una experiencia sensible
satisfactoria. Este tipo de entretenimiento es comúnmente denigrado a causa de
un concepto peyorativo que se tiene por la noción de lo popular y lo masivo,
sobre todo por parte de las elites ilustradas. Sin embargo hay que tener en
cuenta, en contraparte con lo que propone Rincón, que muchas veces, por no
decir todas, lo que la gente demanda, está determinado previamente por lo que
los medios quieren que la masa consuma, en este sentido para generar una movilización
que de verdad apunte hacia los valores democráticos que se supone cobijan
nuestra sociedad, cabe apuntar por una televisión de públicos, que segmente y
tipifique las colectividades que ya no son solo perceptoras sino que se
componen de prosumidores, para acercarnos cada vez más a una televisión que
deje a un lado el paradigma de la comunicación de masas, para apuntarle a
nuevas estrategias de comunicación más efectivas o inclusivas, que si bien no
dejen de lado el entretenimiento, razón de ser de la televisión, por lo menos
no vean al público como el último eslabón pasivo y estúpido en una cadena de
consumo de mercados culturales. Por otro lado Omar Rincón establece una
diferencia interesante entre entretenimiento popular y entretenimiento público.
Este último es un tipo de televisión que busca ir más allá del entretenimiento
a ilustrar a las personas, se basa en un concepto de lo culto, es de tipo
educativo, y es a menudo propulsado por las elites ilustradas o por los turnos
de gobierno que señalan cual es el tipo de entretenimiento “correcto” y
educativo que el sector público tiene que cubrir para el pueblo según sus
propias líneas o intereses de gobierno. Para Rincón es un entretenimiento que
nadie ve, porque no entretiene, simplemente no obedece a las demandas del público.
Acorde con lo anterior no se puede negar que a la
hora de hacer televisión tenemos que partir de las necesidades de
nuestra audiencia (o un mejor término para designar a los prosumidores sería el
de públicos). El ser humano siempre está en constante búsqueda de
placer y de su bienestar individual que se evidencia en lo colectivo, es decir
en la conversación con el otro, es por esto que la necesidad
de distracción, de ocio y diversión, o como se le quiera llamar,
debe ser uno de nuestros puntos de foco a la hora de crear y establecer
contenidos audiovisuales. La televisión no debe tener como fin último
educar; y si quiere de alguna forma educar debe buscar un mecanismo y formas
que a través de la evocación del ocio y
la diversión lleven a este propósito.
Es de vital importancia que los contenidos de un
programa de televisión generen en el público expectante el fenómeno de
recordación, que incite a las personas a hablar sobre dichos contenidos, pues es
a través de la conversación cotidiana que estos programas encuentran su
legitimidad, aceptación y difusión publicitaria más efectiva entre los
públicos.
Con base en todo lo anterior
podemos concluir que una televisión de calidad puede ser identificada en la
medida en que aquella que da de conversar o no a los públicos, el número de conversaciones,
sus impactos, sus duraciones, y demás variables de la conversación que genera
un programa es la mejor forma de medir su éxito o fracaso. La televisión que es
de calidad se fundamenta en el entretenimiento popular, porque parte de los
imaginarios de la gente para brindarles productos que cumplan con sus expectativas
y demandas de consumo. La televisión de calidad necesariamente parte de las
necesidades de un público, identificado, segmentado, tipificado y comprendido.
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